18 de mayo de 2008

12 meses


Luego, al año más o menos, yo caminaba una calle de barrio sur por la que no suelo transitar asiduamente; volvía de la terapia con muchas cosas flotándome en la cabeza, un dolor de oído sobreabundante, una puntada en la rodilla derecha; en fin, buscando una panadería que venda cosas muy dulces, en lo posible, en exceso almibaradas. En barrio sur a las cuatro de la tarde el movimiento de los autos suele generarse con modestia, muy pocos peatones caminan rápido y los perros duermen. Lo vi a través de una resolana que chocaba en el ventanal; tenía una calculadora inmensa con energía solar, estaba demacrado, mucho más pelado y fumaba como siempre. Inspiré fuerte y me hizo retroceder con la fuerza del ojo de un vendaval. Me arrasaba Luna Barrero, ella y sus remeras de polyester; me destrozaba un brazo la cabina telefónica mientras hablaba con Dolores que hace tanto tiempo que no sé de ella; volví a esos guantes de látex sobre mi lengua, el olor de la anestesia, esa enfermera del policlínico dónde me sacaron el pirpinto, el aleteo; mi madre hablándome a media lengua, mi esfuerzo por comprenderla, mi madre repitiendo como atrás de un vidrio, abajo del agua de la bañadera donde me escondía de lowrey y su crueldad para ignorarme; lo vi y me empezó a doler la garganta; reproduje el trayecto de mi dedo sobre las letras empurpurinadas "einshel" de la remera de la barrero centroamericana llevándose a mi chico a mi cama; la jefa apareciendo como un truco, subiéndome en la camilla sucia, mis zapatos rojos aquella vez entre las góndolas iluminadas donde descubrí la verdad de su vida y mi realidad más atróz; el dolor, la oscuridad de su cuarto en el invierno con dos parlantes de computadora prendidos en una emisora abandonada, su contorno tibio sobre mis piernas desnudas, la luz en "on" de los parlantes que enganchan una cadena de oración en berazategui a las cinco de la mañana. Todas las armas, mis miras telescópicas, los ingredientes no comestibles con los que tamicé almuerzos y cenas completas; la música girando en toda la casa antes de hundir las orejas en la bañadera llena parecida al mausoleo materno con eco donde puse unas flores rojas sobre el banco de piedra en el que se sentó León Cabrera a tomar un helado conmigo en un sueño de Lowrey mientras cantaba en el varieté que yo le había concertado en un bar minúsculo del centro cubierto de ventanales donde nos emborrachabamos todos los fines de semana y él cantaba y me miraba desde el escenario mientras yo tragaba el segundo whisky de la noche y él me decía que se preguntaba en quién habré estado pensando yo mientras lloraba con el flamenco que cantaba cerca de la pared de ladrillos vistos y dos spots de luz cruda. Fuimos tan felices, tan monstruosamente a gusto circulando entre las mesas pegadas unas a otras; un espectáculo para el recuerdo, la integridad en su más pura expresión; dejándonos transformar por las manías, las faltas de amor; nunca fui más felíz que en esa escalera caracol. Y ahora lo tengo a Toranzo a través del vidrio, haciéndo calculos, tomando café.

3 comentarios:

lombriza dijo...

Cuidado con la melancolía Dana. Quien lo hubiera dicho, Toranzo finalmente haciendo cuentas... será que las estará contando? o también lo invade la melancolía?

theremin dijo...

La visión de Luna Barrero que tiene Dana Dolce fue mi parte preferida del libro.

El mundo está lleno de Lunas Barreros con remeras "einshel".
Cuando se llevaron a mis chicos, me esforcé por pensar "y bueno, si a este le gusta lapistalatina, automáticamente él me tendría que dejar de gustar".
La mayoría de las veces funcionó.

Ohhh Toranzo!! Tendrán algo de qué hablar un año después?

Berenizz dijo...

Uy, todas tuvimos alguna Luna Barrero en nuestra historia como la tuya. Y a la tuya la odié tanto como a la mía cuando leí el libro.
Espero que esté fea y más gorda.

Saludos!